Hay tragedias que no solamente deben lamentarse. También deben cuestionarnos.
La reciente explosión ocurrida en la taquería “La Bajadita” ubicada en la Alcaldía Álvaro Obregón, en la Ciudad de México, ha dejado personas lesionadas y fallecidas, vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda para quienes trabajamos, estudiamos o estamos involucrados en materia de Protección Civil:
¿Estamos protegiendo realmente a las personas o simplemente estamos administrando el cumplimiento de la norma?
Durante años, la lógica de la Protección Civil en la Ciudad de México fue relativamente clara: los inmuebles debían identificar sus riesgos, establecer medidas preventivas, organizarse y contar con un Programa Interno de Protección Civil cuando así correspondiera.
Hoy el esquema es diferente. Las obligaciones dependen, entre otros factores, de los metros cuadrados, actividad económica (SCIAN) y cantidad e aforo.
El problema aparece cuando confundimos “no estar obligado a presentar un PIPC” con “no tener la obligación de prevenir”.
Una taquería puede ser un establecimiento pequeño. Pero pequeño no significa necesariamente seguro.
Hay gas, fuego, instalaciones eléctricas, equipos de combustión, cilindros o recipientes, trabajadores, clientes y personas que, en caso de una emergencia, pueden encontrarse completamente vulnerables.
Entonces debemos hacernos una pregunta mucho más seria:
¿Tiene sentido que un inmueble pueda estar legalmente exento de elaborar un Programa Interno de Protección Civil cuando en su interior existen riesgos capaces de provocar una emergencia que puede costar vidas?
No estoy diciendo que la ausencia de un PIPC haya provocado esta tragedia. Eso corresponde determinarlo a las autoridades competentes mediante las investigaciones correspondientes.
Lo que sí podemos decir es que cada tragedia debe servir para revisar si nuestro sistema de prevención está funcionando como debería.
Y aquí es donde debemos dejar de lado la política.
La Protección Civil no debería estar sujeta a colores partidistas, administraciones, intereses económicos ni decisiones políticas.
El gas no sabe de partidos.
El fuego no sabe de administraciones.
Un sismo no respeta horarios.
Una explosión no pregunta si el inmueble presentó o no un trámite.
Los riesgos existen independientemente de lo que diga un papel.
Por eso considero que existe una alternativa sencilla y, sobre todo, preventiva: volver a establecer como principio que todo inmueble que concentre personas y presente condiciones de riesgo debe contar con un Programa Interno de Protección Civil proporcional a sus características.
No necesariamente tendría que ser el mismo programa para un hospital que para una taquería.
Podría existir un esquema simplificado, proporcional al nivel de riesgo, pero que obligue a identificar peligros, establecer medidas preventivas, contar con procedimientos de emergencia, capacitar al personal y garantizar condiciones mínimas de seguridad.
Porque hacer Protección Civil no debería significar llenar formatos.
Debería significar estar preparados para evitar que una emergencia se convierta en una tragedia.
Quizá ha llegado el momento de revisar nuevamente nuestro marco normativo.
No para buscar culpables.
No para regresar al pasado simplemente por regresar.
Sino para preguntarnos, con absoluta responsabilidad, si el modelo actual realmente está colocando la vida de las personas por encima de la carga administrativa.
Porque si una regulación termina permitiendo que un inmueble tenga riesgos importantes sin una obligación clara de identificarlos, prevenirlos y responder ante ellos, entonces tenemos que atrevernos a cuestionarla.
La legislación se puede modificar.
Los procedimientos se pueden corregir.
Las políticas públicas se pueden replantear.
Pero hay algo que no podemos corregir después:
una vida perdida.
Que esta tragedia no termine únicamente en condolencias, investigaciones y titulares.
Que sirva para hacer una revisión profunda de nuestra política de Protección Civil.
Y que, por una vez, dejemos de preguntarnos primero “¿qué dice la norma?”
y comencemos por preguntarnos:
“¿Qué necesitamos hacer para que las personas regresen con vida a sus casas?”
Porque en Protección Civil debería existir una prioridad por encima de cualquier otra:
Primero la vida. Lo demás se puede discutir después.


Una respuesta
Cuando cambio la legislación en la CDMX justo pensé eso; muchas veces obtienen un dictámen (de gas, eléctrico, estructural) por qué lo piden para un trámite, claro no siempre garantiza que se haya obtenido de la mejor manera pero era una forma de hacer que los pequeños establecimientos también verificaran sus condiciones de seguridad.
Pero creo que el tema va más a fondo, no es solo evitar la mordida o el agradar o no al partido en turno, sino analizar desde nuestra formación básica el tener la cultura de la protección civil y no solo hablo de cuando ya pasó un evento sino de toda las etapas pero sobre todo de la prevención, que a mí parecer debería ser el verdadero espíritu de la protección civil
Tal vez si desde el kinder nos enseñaran a identificar un riesgo en nuestra casa cambiariamos muchas malas prácticas que se tienen en todos los pequeños (y grandes) lugares de trabajo. Gracias por la reflexión