Hay una pregunta que me han realizado varias veces en los últimos días: —¿El simulacro del 19 de septiembre va a ser en sábado? Y mi respuesta es bastante simple: —Sí.
Después viene la segunda pregunta: —¿Y entonces qué sentido tiene? Ahí es donde empieza el verdadero problema, seguido, claro, de un gran escalofrío por todo el cuerpo.
Porque un sismo no sabe qué día es. No revisa el calendario laboral, no pregunta si estamos en horario de oficina, si los niños están en la escuela, si estamos trabajando desde casa o si estamos descansando viendo una película.
Un sismo ocurre cuando ocurre y, precisamente por eso, que el simulacro de este 19 de septiembre se realice en sábado debería servirnos para plantearnos una pregunta mucho más incómoda:
¿Realmente estamos preparados para enfrentar una emergencia o solamente hemos aprendido a realizar simulacros de papel?
Durante años hemos realizado el simulacro del 19 de septiembre principalmente en días hábiles, preocupándonos por ver cómo se lleva a cabo en escuelas, oficinas, empresas e instituciones. Hemos aprendido a escuchar el sistema de alertamiento sísmico, a levantarnos de nuestro lugar, caminar hacia una zona de menor riesgo o al punto de reunión, pasar lista, tomar fotografías, llenar formatos y elaborar un reporte.
Y sí, todo eso tiene utilidad.
Pero el problema aparece cuando confundimos cumplir con el ejercicio con aprender a responder ante una emergencia. Porque podemos tener miles de simulacros registrados, millones de personas evacuadas y toneladas de fotografías de gente formada en un punto de reunión… y, aun así, tener una población que no sabe qué hacer cuando la emergencia ocurre fuera del escenario que hemos ensayado cada año.
Ese es el verdadero problema de nuestra cultura de protección civil.
Hemos construido, en muchos casos, una cultura de “simulacro de papel”. Un simulacro que existe porque hay que registrarlo. Porque hay que presentar un informe o llenar una cédula. Porque hay que demostrar que se hizo. Pero pocas veces nos detenemos a preguntar algo mucho más importante:
- ¿Funcionó?
- ¿La gente supo qué hacer?
- ¿Identificó sus riesgos?
- ¿Tomó decisiones adecuadas?
- ¿Alguien detectó una falla que antes no habíamos visto?
- ¿El ejercicio modificó alguna conducta?
- ¿Mejoramos nuestros procedimientos?
- ¿Estamos realmente mejor preparados que antes del simulacro?
Porque si después de veinte, treinta o cuarenta simulacros seguimos haciendo exactamente lo mismo, con los mismos errores, las mismas deficiencias y las mismas conductas, entonces quizá no estamos simulando una emergencia; más bien estamos simulando que nos estamos preparando. O lo que es lo mismo: estamos haciendo simulacros de papel.
Y hay una diferencia enorme.
Un simulacro no debería ser un espectáculo de evacuación. No debería medirse solamente por cuántas personas participaron, cuánto tardamos en desalojar un edificio o cuántas fotografías conseguimos para demostrar que cumplimos.
Un simulacro debería ser, antes que nada, un “laboratorio” para equivocarnos sin pagar el precio de una emergencia real. Deberíamos utilizarlo para descubrir qué no funciona y encontrar:
- Puertas con candado o pasillos bloqueados.
- Bocinas que no se escuchan.
- Personas que no saben qué hacer y brigadas que no conocen realmente sus funciones.
- Puntos de reunión mal ubicados.
- Procedimientos que existen en un documento, pero que nadie conoce.
Y, sobre todo, para descubrir algo que muchas veces resulta incómodo: que las personas no necesariamente reaccionarán como nosotros esperamos. Porque la protección civil no se construye con formatos; se construye con conocimiento, práctica, organización y capacidad para tomar decisiones.
Por eso el simulacro de este 19 de septiembre debería ser una gran oportunidad. No a pesar de que sea sábado. Precisamente porque es sábado.
Porque nos permite salir, aunque sea momentáneamente, de ese escenario cómodo en el que hemos colocado los simulacros durante años: el edificio de oficinas, la escuela, la fábrica, el horario laboral y la rutina predecible.
¿Qué pasa con quienes estarán en casa? ¿Qué pasa con quienes estarán en la calle, en un centro comercial, en un restaurante, en el transporte público, en un parque o simplemente descansando? ¿Qué pasa cuando no hay un brigadista junto a nosotros diciéndonos qué hacer?
Ahí comienza la verdadera prueba de nuestra cultura de autoprotección, y quizá esa sea una de las grandes lecciones que deberíamos aprovechar. No necesitamos más simulacros para llenar estadísticas. Necesitamos mejores simulacros para generar aprendizaje.
Necesitamos dejar de preguntarnos únicamente: “¿Cuántas personas participaron?” Y comenzar a preguntar: “¿Qué aprendimos?”, “¿Qué salió mal?”, “¿Qué vamos a corregir?”, “¿Qué cambió después del ejercicio?”
Incluso deberíamos atrevernos a realizar simulacros diferentes: con escenarios inesperados, horarios distintos, fallas controladas, interrupciones de comunicación y situaciones que obliguen a las personas a tomar decisiones. Porque una emergencia real no trae un guion, no avisa, no espera a que llegue Protección Civil, no se detiene porque el brigadista del inmueble salió a desayunar, y definitivamente no sucede únicamente de lunes a viernes, de 9 de la mañana a 6 de la tarde.
Por eso, si este 19 de septiembre alguien piensa: “¿Para qué hacer un simulacro en sábado?”
Tal vez deberíamos responder: Precisamente por eso.
Porque quizá llevamos demasiados años enseñándole a la gente cómo participar en un simulacro, y muy pocos enseñándole cómo actuar ante una emergencia. Y si después de tantos años todavía necesitamos que alguien nos diga qué hacer cuando suena una alerta, entonces tenemos que reconocerlo: el problema no es el simulacro, es la poca cultura de protección civil que hemos construido alrededor de él.
La buena noticia es que podemos cambiarla. Pero para hacerlo, tendremos que dejar de medir nuestro éxito por la cantidad de simulacros realizados y comenzar a medirlo por algo mucho más difícil: la capacidad de las personas para tomar buenas decisiones cuando nadie les está diciendo qué hacer.
Porque ese día, cuando ocurra una emergencia real, no habrá formato que llenar, fotografía que publicar ni simulacro que corregir. Solo estará nuestra capacidad para responder. Y ahí sí sabremos si realmente aprendimos.
O si, durante años… solamente estuvimos realizando simulacros de papel.
Héctor Paz Díaz


Una respuesta
Excelente reflexión, sumando a los cambios de hipótesis para cada región que también me pareció interesante para este ejercicio.
Ojalá se pueda permear la idea de que el simulacro no solo son esos minutos de evacuación (si es que necesitamos hacerlo) si no son momentos para verificar si mi botiquín está completo, si mi extintor está libre de obstáculos, si cuento con mi mochila de emergencia completa (etc) hasta reflexionar que de nada me sirve un chaleco si está al fondo de un cajón. Que no en todos los simulacros de sismo se tiene que evacuar. En fin…
Yo espero con ansias este ejercicio y espero que todos participemos desde donde estemos.